miércoles, 27 de octubre de 2010

HOMENAJE

RAWSON 1972

-¡Alto! ¡Alto o disparo!
-¡No! ¡No, hijo, no tires! Soy el padre Andrés, vengo en son de paz y colaboraré para que todo se solucione en paz.
Nos miramos como diciendo “encima que somos pocos parió la abuela”... Pero reponiéndose rápidamente el “Abuelo” dijo:
-Bueno, padre, pero quédese ahí donde está, en la primer puerta, porque en esta segunda puerta no le vamos a abrir a nadie.
¿Me escuchó padre?

Inmediatamente escuchamos la voz del cura repitiendo lo que le dijimos a alguien que, por lo visto, estaba bastante lejos por la forma en que gritaba para hacerse oír.

- ¿Me escucha padre? – dijo el Abuelo- ¿Puede decirme a quién le transmite lo que yo le digo?
-Sí, hijo, no te impacientes. Hablo con el coronel a cargo del operativo. Me dijo que les transmita que tienen que entregar las armas y permitir que el ejército tome el control de la cárcel. De lo contrario se verá obligado a tomarla por asalto.
-No, padre, dígale que haga público a través de la radio que va a respetar la vida de todos nosotros y el traslado inmediato de los detenidos que están en el aeropuerto de Trelew. Por otro lado, también dígale que asaltar la cárcel será una carnicería inútil ya que estamos bien armados, pero dispuestos a entregar la cárcel ni bien nos garanticen el respeto de nuestra integridad física. ¡Ojo, ojo! - hizo una pausa y elevó aún más la voz - incluyendo a los compañeros que están en el aeropuerto. ¿Me comprendió padre?
-Viejo culiao – dijo el cordobés en voz baja- le decía al director lo que le contábamos en confesión…
-¡Joderse, boludos! ¿Para qué se confesaban?
-Compañeros, esto va a ser largo, debemos hacer tiempo para que los compañeros que lograron tomar el avión lleguen a territorio chilen
o. Lo ideal es no tener que tirar ni un tiro porque si bajamos a alguno, cuando retomen la cárcel pueden hacer una masacre. Sabemos muy bien que el principal objetivo está a punto de cumplirse. No se distraigan con esas boludeces del cura - el Abuelo nos habló con mucha tranquilidad y autoridad como para hacer renacer la calma y el espíritu de combate.













Yo me concentré en repasar la lista de los compañeros que estaban a punto de llegar a Chile dado que, el primer objetivo, era lograr su libertad: Santucho, Mena, Gorriarán, Osatinsky, Quieto y Vaca Narvaja. Esos eran los primeros que debían irse. Para la segunda tanda eran los compañeros que habían quedado en el aeropuerto.

¡Todo por culpa de la improvisación! La fuga tendría que haber sido muy simple: se tomaba pabellón por pabellón (como se logró hacer), después la dirección y, si era posible, con el director ir a controlar la sala de armas. Por último, los puestos del muro y puerta principal. Logrado todo esto Carla saldría hasta la calle y haría la seña para que los vehículos entraran en el orden preestablecido: primero, un auto para los seis que conformaban la vanguardia (los que sí o sí debían irse); segundo, dos camiones donde se trasladarían el grueso de los presos, unos ochenta que, al llegar al aeropuerto que ya estaría copado por la vanguardia y el apoyo externo, sacarían todo el equipaje que pudiera haber en el avión para aliviarlo de peso para que soportara el posible exceso de “pasajeros”; y tercero, la retaguardia, que controlaría la cárcel para dar tiempo a que los camiones llegaran al aeropuerto con dos autos mucho más veloces que esos camiones, juntos llegarían justo para abordar el avión. ¡El avión! La clave era el avión. Por vía terrestre la fuga era prácticamente imposible dada la gran extensión del desierto que caracteriza al territorio chubutense.

Hasta la seña de Carla todo había salido bien: entra el primer auto. El compañero que lo maneja lleva en la boca una cinta o cuerda que le sobresale por la comisura de los labios.

Estábamos todos agolpados en los pasillos, agachados o cuerpo a tierra para no ser vistos a través de las ventanas por los guardias que habían quedado en la parte posterior de la cárcel arriba de la pasarela del muro; alineados, respetando el orden en que debíamos abordar los vehículos. El pasillo central era una silenciosa masa humana que se movía al unísono. Era tal el silencio que en un determinado momento me distraje tratando de adivinar de qué pabellón provenía el cloc cloc de una canilla que goteaba. Por el ruido era de una ducha mal cerrada. Pero no era necesario ir a cerrarla ya que hoy no le iba a molestar a nadie: ¡Nos íbamos! ¡Nos íbamos a la mierda…!

¡Lástima el Gringo Tosco que dijo que no! Cuando tomamos el pabellón y lo dejamos con todos los compañeros que se querdaban, nos dio un abrazo en silencio, pero con esa mirada penetrante propia del Gringo, como diciéndonos “¡Vamos! ¡A volar!”…

En cuclillas, a mi lado, estaba BK - así le gustaba firmar cuando nos dejaba alguna nota- cuyo nombre real era Elvira Deltesano.

Yo mantenía una especie de cuerpo a tierra con la cara tan cerca del suelo que sentía el olor a kerosene con que lustraban el piso de los pasillos. Ese tipo de cosas pasaban por mi mente cuando adevertí que BK me tocó el hombro y con la mirada y un cabeceo me señaló hacia adelante: a unos pasos vi al gringo Mena. BK me hace la seña como para que me acerque donde estaba él. Traté de ir agachado.

-Tranquilo, caminá normal que ya está todo tomado, pero hay una mala noticia –decía mientras sacaba de entre su ropa una pistola 9mm y me la entregaba- los camiones no entran…
-¡Los vamos a buscar! - reaccioné encarando para afuera.
Me tomó firme del brazo y más en su gesto que en sus palabras comprendí lo que seguía…
-No. Se fueron. Se fueron y no sabemos a dónde. Hay que poner en marcha el plan de emergencia.

Plan emergencia era dejar ahí mismo, en ese pasillo con olor a querosene, todos los sueños de libertad, las ansias de viajar a Cuba, formarme y ser mejor revolucionario. Implicaba dejar ahí, también, los besos que en tres años de preso me prometí darle a esa boca que tanto deseaba. Esto lo voy pensando ahora que estoy con la pistola que me dio el gringo, agazapado, con el oído alerta, cumpliendo con mantener tomada la cárcel hasta que por lo menos llegue a Chile el avión que lleva a nuestros máximos dirigentes. Sé lo que tengo que hacer para garantizar que hasta que ellos no lo digan, nadie sepa quiénes viajan en ese avión…

En la parte de atrás se escucharos algunos tiros. El Abuelo me pidió que diera una recorrida y le trajera un informe del estado de la cárcel. Este acto de girar y observar el pasillo que llevaba a los pabellones totalmente desierto, contrastando con aquel pasillo colmado con ochenta voluntades unidas para lograr el objetivo sublime de LA libertad, fue el golpe más duro que he recibido en todos mis años de preso. En la cárcel uno aprende que las salidas individuales no sirven. Por tanto es imperioso tratar de obrar en conjunto, colectivamente. Justamente por eso, ni bien giré para encarar el recorrido hacia los pabellones, me pregunté si los demás compañeros estarían sintiendo esta horrible sensación al tener que regresar al pabellón, a la celda… Es una opresión en medio del pecho, como si una fuerza imposible de resistir me arrancara de un solo tirón esa gran mochila cargada de sueños, anhelos y promesas por cumplir una vez en libertad, algo que recién siento en ese momento… Me quedé junto al Abuelo. Sigo pensando que sólo una gran disciplina como la que tenemos hizo que todos partieran a su puesto ante la señal de “emergencia” y no se diera un desbande ante esta sensación de frustración, dolor y desesperanza. Sólo actuando en función de conjunto es como hemos podido seguir con la voluntad y el espíritu bien alto encarando esta etapa de mantener la cárcel en orden y disciplinadamente.

En este plan de emergencia de antemano cada uno tenía un rol asignado; cada pabellón tenía un responsable para garantizar el orden y rol en el combate en caso de asalto del enemigo. Entro nuevamente a la cárcel, cruzo el puesto de guardias que controla los pabellones 1 y 2 que están en la planta baja enfrentados entre sí. Allí se encuentran los presos por delitos comunes que trabajan en la cocina, el lavadero, etc. Todo está en orden. No se escucha ni el vuelo de una mosca. La reja de entrada al pabellón está cerrada. Al verme, un preso que estaba espiando con la puerta de la celda entreabierta, me hace una seña con la mano como diciendo “¿Qué pasa?”. Le digo que se quede tranquilo que estamos negociando la entrega de la cárcel. Arriba del pabellón 1 está el 3 y arriba del 2 está el 4. En el 3 están el Gringo Tosco y el resto de los compañeros detenidos en Córdoba por su actividad sindical. Ellos habían decidido, junto con Agustín, no participar de la fuga. Decido no subir, dejándolo para cuando vuelva. En el medio de ese pesado silencio escucho a mis espaldas la voz del Abuelo con su “¿Me escucha padre...?”. No deja de repetirle a cada rato cuáles son nuestras condiciones y preguntarle qué es lo que dicen los milicos. El cura dice que no sabe, que quedaron en contestar, que tengamos paciencia…

Dejo de prestar atención a lo que dicen porque tengo que concentrarme en lo que voy a hacer: recorrer, sin ser visto, el pasillo que une el módulo de los pabellones 1 y 2 con los pabellones 5 y 6. Ese pasillo tiene de unos diez a doce metros de largo y unos dos metros y medio de ancho; en ambos costados hay una pared de unos 80 cm de alto y, hasta llegar al techo, es todo vidrio. Del otro lado están los patios que se extienden casi hasta el muro. O sea que los guardias que estén en la pasarela del muro podrían verme cruzar, por lo que voy a tener que atravesarlo cuerpo a tierra. Si bien mantenemos las luces apagadas dentro de los pabellones y pasillos, los guardias han encendido los faros de las torres del muro apuntando a los pasillos. A través de sus vidrios pueden verme, bajarme tranquilamente...

En el pabellón 5 está todo en orden: no se ve ni una luz y cada compañero está cumpliendo con alguna tarea. En las primeras celdas permanecen los rehenes convenientemente atados, ya que no sería bueno que puedan hacer cualquier locura. Ni bien entro, Edén Britos, designado encargado de ese pabellón, me pregunta por Aníbal. Lo tranquilizo explicándole que está junto al Abuelo controlando la puerta de entrada a la cárcel y que se quedará allí hasta el final.

El final... El final lo conocemos todos... aunque sea más o menos. Aquí, sólo intento contar como viví ese momento del combate, pero, fundamentalmente, el mayor ejemplo de disciplina colectiva que he vivido: casi un centenar de personas, entre hombres y mujeres, cumplimos absolutamente TODO lo convenido previamente, llegando al límite de haber tenido que encerrarnos solos en nuestras propias celdas habiendo tenido las puertas abiertas de la cárcel, armas a nuestra disposición y sobrellevando una situación anímica terrible de desasosiego. Había sido aplastado todo aquello por lo que trabajamos durante meses. Meses en que nos soñamos libres. Y el sueño quedó trunco en un momento. Pero a nadie se le ocurrió una respuesta individual, algo que sólo se logra cuando se está convencido ideológicamente del deber por cumplir. Esos eran mis compañeros… ¡Qué orgulloso me siento de ellos!