sábado, 7 de noviembre de 2009

OPINIÓN


LA NEGRA SOSA FUE MIA, SIN DUDARLO

Ahora los recuerdos aparecen con ciertas precisiones que antes, sin embargo, fueron parte de una inmensa nebulosa en las que se mezclaban alegrías y tristezas, paridas ellas, cuando no por la nostalgia, por la intensa necesidad de recrear aquellos años en que la esperanza de cambiar el mundo era el pan cotidiano con el que alimentábamos nuestros días. En estas precisiones está la voz de “la negra” y, en la exactitud de éstas, saber que en un principio era “Mercedes Sosa”, que la impertinencia familiar de su apodo, en mi caso, vino mucho después, cuando su retorno, ya en los estertores de la dictadura y su inmensa popularidad la volvió de todos. Tan de todos que pasó a ser “la negra”, así de simple. Como esas nimiedades que se han vuelto sustanciales y prefieren ser eso, porque son imposibles de describir lo grandiosas que son, lo que de ellas emana, y lo que en ellas cabe. Así, entonces, “la negra” para todos.

“La negra” que ahora con su muerte nos vuelve a recordar que siempre valoramos las cosas cuando se han vuelto ausencia, a mí me deja, literalmente, desamparado: ya no será parte de ese estado perpetuo de ansiedad que me dominaba esperando la aparición de un nuevo disco, como me ha pasado en estos últimos años. Si, aunque suene absurdo, soy de esos tipos que estaba a las expectativas de una nueva producción y disfrutaba la incorporación de nuevos autores, nuevas canciones, y si bien no todos sus discos estuvieron a la altura de mis expectativas, tampoco podría decir que alguno de ellos está condenado al olvido absoluto. Siempre había algo que lo distinguía, que lo volvía único e irremplazable. Siempre había un “toque” que sólo ella era capaz de poner o, mejor dicho, nadie como ella era capaz de hacer. La negra era capaz de dejarte en off side con lo que creías que ya nada podría decirse de otro modo, cuando no con los prejuicios que nunca dejan de abundar entre nosotros. Pensemos, si no, lo que deben haber dicho los puristas del rock cuando incorporó canciones e intérpretes de esa movida o los puristas del folclore por la misma razón.

Sin ir más lejos, qué es CANTORA sino la tabula raza de la canción latina que, como inmenso legado, nos deja como “tarea para el hogar” y así pensar los prejuicios que, indudablemente, siempre están amenazando con desbaratar lo que, de otro modo, disfrutaríamos desde el vamos. Pero claro, ahora digo todo esto, aunque mi intención al escribir era graficar cuánto dolor, cuánta tristeza y, por sobre todo, cuánto pude recordar de mi vida ligada a su voz, mientras la televisión mostraba un incesante desfile de artistas, amigos, estrellas e ignotos de toda laya mostrando su desconsuelo ante el féretro de “la negra” Mercedes Sosa. Me vi, entonces, ingresando a la secundaria en el ’68 y apegado a un disco recopilación, de ésos que se hacían para promocionar a los artistas de determinado sello, y su voz que me volvía el folclore como un espacio no sólo de los viejos y, sin que me diera cuenta por entonces, me iba incorporando a otro grande: “Don Ata” y sus composiciones que muchos, pero muchos años después, fui capaz de comprender lo que representaban. De aquellos años en el secundario son “Valderrama”; “Cuando tenga la tierra”; las obras monumentales junto a Luna y Ramírez “Mujeres Argentinas” y “La Cantanta Sudamericana” (esta última me sigue emocionando como cuando la oí por primera vez), y una canción hecha con un poema de González Tuñón , “Juancito Caminador”, que siempre sentí que tenía la cadencia, la profundidad de las canciones infantiles y la tristeza que sólo es posible de ser llevada cuando hay algo grandioso que la sostiene. Esta canción siempre se me apareció como íntima compañía en situaciones difíciles. Recuerdo cuando ya sin poder sostenerme en píe en “los chanchos” de Rawson, en estado prácticamente de inconciencia, esa música no me abandonaba. Todavía siento como si fuera hoy, la alegría inmensa que me dio la nueva versión que “la negra” hizo, ya grande, en su disco “Acústico”.

En los años ’74 y ’75 en plena efervescencia militante, no había oportunidad en que, festejando algo, no escucháramos a la negra o, en su defecto, cantábamos las canciones que ella hacía. Lo mismo ocurría cuando los reclamos o las luchas populares, su voz era sustancial animando actos, mitines, tomas, etc. Sin dudarlo, puedo decir que ella formó parte de esos años que, en mi caso, siento como los más dichosos en mi vida.

Días antes de caer presos, en nuestra casa, “la negra”, con su voz, era parte de esa extraña sensación que conlleva el presentimiento de que algo malo está por ocurrir, y yo me había hecho prácticamente adicto a tres o cuatro discos, entre los que estaba uno de ella, cuyo lado A estaba totalmente dedicado a textos de César Vallejo, por eso, cada vez que leo a este poeta fundamental, me resulta imposible no repasar el poema “A mi hermano Manuel”, y volver a aquella casa en la que vivíamos con un grupo de compañeros con los que terminaríamos todos presos.

En la cárcel, ya es sabido, ella se hacía presente cada vez que podíamos cantar, porque las canciones eran de ella, la que, con su interpretación, se había vuelto más dueña que una infinidad de autores grandiosos de los que se valía para su repertorio.

El año en que me largaron con libertad vigilada, en Helvecia, mi pueblo de origen en la provincia de Santa Fe, dos discos de “la negra” fueron mi principal compañía. Uno que había rescatado de viejos amigos, en los que estaba la versión de “Plegaria para un labrador” de Víctor Jara y otro que acababa de editarse, grabado en Francia, “A quién doy”, que me llevaron de regalo los viejos del Pato Mc Donald en uno de sus viajes que hacían a Helvecia en el citroen, desde Paraná, para llevarme los diarios de la semana. Viejos maravillosos ésos: como si no fuera suficiente con todo lo que hacían, se daban tiempo (generalmente los sábados), para ir a verme, así aliviar el aislamiento en el que estaba. “A quién doy” es un disco extraordinario y aparecía preparando el terreno para la vuelta de ella, todavía, “Mercedes Sosa”. Y lo hizo. Volvió en ese ’82 y en su gran gira también se anunciaba una actuación en la cancha de Unión, en la ciudad de Santa Fe, a la que, obviamente por mi libertad vigilada, no podía ir. Creo que por primera vez entendí de qué se trataba eso de “darle a la ideológica” cuando nos relacionábamos humanamente. El oficial de policía que estaba a cargo de mi vigilancia, si bien era un tipo con el que, prácticamente, nos criamos juntos, no dejaba de ser “cana” con todo lo que ello implica, así que luego de hacerle escuchar hasta amar el disco “A quién doy”, convencerlo de que me acompañe a la ciudad de Santa Fe para ver a Mercedes Sosa no me costó demasiado. Terminamos borrachos, porque no había palabra capaz de describir lo que habíamos sentido en ese concierto que, estoy seguro, anunciaba definitivamente el fin de la dictadura. Cómo se hace para transmitir la emoción de miles y miles de personas cantando “Sólo le pido a Dios” con los encendedores en alto…? Escribo esto y, de nuevo, estoy lagrimeando.

La volví a ver en otro concierto multitudinario en Córdoba. Yo estaba viviendo allí y fuimos con un grupo de ex presos y militantes de DDHH, entre ellos la Alizota Wiland con su cámara, que la retrató para la revista “El Periodista” y que, como una generosidad del destino, me regaló una de las fotos. Ahora, en ese retrato, tengo el recuerdo de ambas mujeres que, cada una de ellas y a su modo, fueron parte de mi existencia.

En los ’90, cuando me hice cargo de la radio en la Universidad, tuve que viajar a Buenos Aires a buscar música, del único intérprete que traje cinco discos fue de ella. Y en la programación musical, como lo pueden atestiguar todos los oyentes, su voz fue un signo distintivo de la radio mientras yo estuve en la dirección.

Y ahora que se ha muerto, siento que la tristeza es más palpable que todo lo demás, y que si bien, como ya lo dijo Serrat, “todo pasa y todo queda”, pareciera que ésta, lejos de pasar, es más de quedarse. Encima, por si todo esto fuera poco, Daniel, ese amigazo del alma, me manda un mail poniendo de manifiesto su vulnerabilidad ante la tristeza que esta partida le provoca, diciendo, entre otras cosas “Entonces, si bien Mercedes Sosa, el Negro Fontanarrosa, 30 mil desaparecidos, etc., etc. se fueron de gira, a tipos como vos y afortunadamente unos cuántos, se nos atraganta el mate compartido, y podemos sentirlo y eso es muy bueno!!!, estamos vivos!!!!, y, a nuestra manera luchando” y yo, que no quería escribir nada de nada, me veo obligado a hacerlo como quién, a través del texto, realiza un inmenso abrazo reparador que nos sirva de consuelo.

Con inmenso amor.

(*) Patricio Torne nació en Helvecia, Pcia. de Santa Fe, fue militante político del PRT en los ’70 y, como tal, fue uno de los detenidos que engrosaron las filas de los miles de militantes políticos encarcelados durante la dictadura militar. Permaneció preso en Rawson desde 1975 hasta 1982. Actualmente es poeta y periodista. El Combatiente agradece su colaboración para este número.