
Bolivia: situación respecto de la autodenominada
Revolución Socialista (Última entrega)
A partir del año 85 aproximadamente, comienza el desembalaje de los bultos del neoliberalismo con las recetas de reformas estructurales emanadas del FMI y el Banco Mundial, retomando la burguesía del oriente (la media luna) el poder político y económico sin control. Ya desde el año 1971, habían cobrado auge los Departamentos de Tarija y Santa Cruz con la entrega de los ricos yacimientos petrolíferos a PetroBras, Repsol y otras multinacionales que hicieron grandes negociados con la explotación de los hidrocarburos.

Retomando el hilo de la cuestión agraria, es bueno recalcar la situación actual de la concentración de la tierra. El 91% de la tierra cultivable de Bolivia, se encuentra en poder de los latifundistas (5% de la población) vinculados a los partidos de derecha. Ello pudo ser comprobado por la Comisión especial de Asuntos Indígenas y Pueblos Originarios en el año 2006; en tanto que el 80% de la población que conforman los pequeños productores, posee solo el 3% de la tierra.
Esta concentración no ha sido nada mas que la consecuencia de la aplicación de las recetas neoliberales impulsadas por el imperialismo, bajo las políticas agrarias que el Banco Mundial denominaba “Reformas Agrarias Asistidas por el Mercado”. Toda esta dispar propiedad de las tierras ha sido legalizada por el antes denominado Consejo Nacional para la Reforma Agraria.
En los nueve años posteriores a la asunción de Evo Morales se intentó sin éxito lo que se denominara el “saneamiento de tierras” cuyo objetivo era establecer el cumplimiento de la Función Económico y Social de la tierra, como así también la legalidad de la adjudicación o adquisición de los títulos de propiedad dentro de un plazo de 10 años a partir de 1996. En síntesis conceptual el estado quedaba facultado para recuperar la propiedad y la tierra quedaba disponible para redistribuirla entre aquellos que las necesiten en caso de que las grandes empresas agrícolas no cumpliesen con aquellos requisitos. Pero la Ley INRA (de saneamiento de tierras) y su modificatoria denominada de “Reconducción Comunitaria de la Reforma Agraria” solo tuvieron carácter de transitorias hasta la Convención Constituyente, que definiera el marco constitucional del tema tierra.
Y es aquí donde se entremezclan los objetivos de lucha: Reforma Agraria y Convención Constituyente. Tenemos entonces una reforma agraria estancada, y que si se la hubiese tomado con seriedad y real valor revolucionario, no se la habría sometido a tanto vericuetos legales, ni mucho menos al manoseo de la negociación burda de números como los que se discuten con la oligarquía oriental, por las superficies a respetar o no. Este ha sido el sentimiento que guió a la reacción de la derecha de oriente, que no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro de su propiedad, y llevó a las masacres de Pando y Tarija, con el actuar de las bandas fascistas que jamás han sido ni apresadas ni siquiera identificados sus mentores o autores. Esto, dentro del seno de la autoridad, porque el pueblo sabe perfectamente quienes son. Y es contra ellos han ido en contraposición al abortado(¿) golpe de Estado autonomista. Ante la escalada fascista, las masas ya sin depender del Gobierno, han salido por su propia decisión a buscar el respeto de su dignidad.
Pero hay algo peor, y es que el intento de reforma agraria a plasmar en la Constitución, sea prenda de la permisividad de la derecha de que Evo Morales busque su reelección, a través de la confirmación o no de la Constitución de Oruro, en el próximo referéndum de Enero.
Ello autorizaría el mantenimiento de una línea reformista, que no es viable cuando en un discurso se habla de capitalismo e imperialismo, como el enemigo, y por el otro se negocia con sus personeros. Y lo mas preocupante o decepcionante es que se ve como estos gobiernos populares, están de alguna manera introduciendo o consolidando, políticas que los gobiernos de derecha con anterior actuación, no han podido realizar debido a las presiones y luchas sociales.
Aquí se manifiesta la trampa de las Constituyentes (que ha sido utilizada también en otros países de A. Latina) puesto que originariamente no ha sido consignas de los movimientos revolucionarios, sino que han sido introducidas desde afuera, como panacea para la solución de los reales problemas sociales, llevando a que ahora sea sostenida como bandera de lucha esencial. Las constituyentes no legítimas, es decir, no nacidas de la propia demanda popular solo conducen a la confusión y desorientación de las masas de sus verdaderos objetivos revolucionarios. Se conduce de manera engañosa a una solución parlamentaria, como instrumento que todo lo puede resolver, siendo que en realidad la única solución esta conformada por las decisiones plenas de expropiación de la tierra, los monopolios, en poder de la oligarquía, la burguesía nacional y las multinacionales, y la consecuente toma del poder por la clase obrera y los campesinos pobres.
¿EXISTE UNA VERDADERA REVOLUCION EN BOLIVIA?

No han sido pocos los bolivianos que ha señalado que el poder de la oligarquía no desaparece con
comités negociadores en la Constituyente, ni con una revolución democrático cultural como ha expresado Morales. Tampoco es viable el tendido de ramos de olivos conciliatorios como lo ha hecho el presidente, pues para lo único que ha servido ha sido para envalentonar a la oligarquía. Otro crítico ha dicho con criterio: “El intelectual alemán Heinz Dieterich (y otros de la izquierda boliviana como el VicePresidente García Linera) proponen que hay que conversar con la derecha porque el pueblo no está preparado para una revolución social. Estos Sres. Reformistas plantean persuadir a un tigre a comer lechuga en vez de carne. Esta es la política de la derrota. En realidad quienes no están preparados para una revolución social son estos compañeros” (César Zelada – Econoticias-Bolivia).
El análisis no es complejo, en Bolivia se manifiesta, desde el Gobierno al menos (que se proclama mentor de la revolución en paz), una ausencia de una conducción audaz, con tácticas, programas y consignas adecuadas dispuestas a canalizar las energías revolucionarias de las masas hacia la toma del poder.
Y dentro de ese cogobierno entre el ejecutivo y las Organizaciones Sociales (con mucho peso en las decisiones) se ve claramente que éstas últimas, nunca han tenido como meta, el socialismo, sino que en muchos casos, abiertamente le han quitado la palabra y la iniciativa al pueblo frenando su avanzada, creando la ilusión, de que se puede pactar con el imperialismo y la burguesía nacional el desarrollo del país, con el consabido recurso de la revolución democrática.
Pero un Estado cualquiera sea su denominación, revolucionario, democrático, monárquico o como quiera llamarse, o pierde su naturaleza de clase, y no deja de ser instrumento al servicio de la que controla el poder. Por ello lo determinante en el contenido de clase de un Estado, no son las características raciales, culturales o de rasgos personales de sus líderes políticos. Es por ello que las alianzas entre campesinos e intelectuales de izquierda, con pinceladas de representantes de la derecha boliviana, en el Gobierno, no pueden definir el carácter de revolucionario de este último.
El cambio histórico de una sociedad a otra no se produce por cuestiones de carácter moral, ético, humanista o religioso. El cambio ha de darse por el real enfrentamiento relacionado a intereses económicos, sociales y políticos propios de las clases que conforman una sociedad determinada.
Entonces podrá hablarse de una verdadera revolución socialista cuando se organice un verdadero partido revolucionario, que se plantee dirigir una verdadera lucha de clases en todo sentido, que culmine con la derrota definitiva de los grupos de poder y del imperialismo.
Por lo pronto, esta alternativa en Bolivia no existe.
Maiwa Quispe
