
1917, CUANDO EL ROJO FUEGO DE LA CONCIENCIA TOMÓ EL PODER
“El Partido de Lenin fue así el único en Rusia que comprendió desde el primer período los reales intereses de la revolución. Fue el único que comprendía la ley y el deber de un partido auténticamente revolucionario y a través de la consigna de todo el poder al proletariado y a los campesinos, aseguró la continuidad de la revolución”
Rosa Luxemburgo
“Crítica de la Revolución Rusa”, 1918
“Las clases poseedoras oponen resistencia... sus partidarios entorpecen la labor de los funcionarios, invitan a los empleados del banco a que se crucen de brazos, tratan de interrumpir las comunicaciones ferroviarias, postales y telegráficas... les advertimos que están jugando con fuego. Oponerse a la revolución es cometer un crimen contra el pueblo. Advertimos a las clases pudientes y sus partidarios que si el sabotaje no cesa y el aprovisionamiento se ve interrumpido, ellos serán los primeros en sufrir las consecuencias”
Comité Militar Revolucionario, 20 de noviembre 1917
Noviembre de 1917. El sol derrama sus primeros rayos sobre la plaza Skobelev. Un periodista norteamericano recorre Moscú bombardeada por la reacción.
En las calles, con edificaciones convertidas en escombros, circulan vehículos, tranvías y carros cargados de obreros con fusiles en busca de algún enemigo oculto. Los últimos enfrentamientos se produjeron por la noche. Las iglesias están cerradas. La de la virgen de Iberia, que sirvió de bastión a las fuerzas burguesas, fue abandonada por el cura que huyó ante el avance incontenible del ejército proletario. El prelado ortodoxo de Moscú, Tijón, excomulgó a todos los soviets.
Las paredes que aún se alzan están empapeladas de afiches que proclaman: “…¡Ciudadanos de Rusia! El gobierno provisional ha sido derrocado. El poder ha pasado a manos del Comité Revolucionario, órgano del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, que se encuentra a la cabeza del proletariado. La causa por la que el pueblo se ha lanzado a la lucha: proposición inmediata de una paz democrática, abolición de la gran propiedad de la tierra control de la producción por los trabajadores y creación de un gobierno soviético, ha triunfado definitivamente, viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos”.
Un joven obrero llamado Baklanov, que se presenta como comandante del grupo de las Guardias Rojas que rastrillaban la zona, acercándose al periodista le pide su permiso para circular. El norteamericano le muestra un salvoconducto sellado por el Comité Militar Revolucionario a nombre de John Reed. El joven le indica al extranjero que tenga cuidado ya que todavía quedarían elementos de las bandas reaccionarias del Comité de Salvación Pública ocultándose en los edificios. Más adelante, se propagan las voces de la muchedumbre.
– ¿Qué es lo que pasa?- pregunta Reed al comandante, señalando la calle donde los sonidos anuncian la próxima presencia de la multitud.
– Son los funerales de los caídos por la libertad- contestó Blakanov con voz severa y sus ojos inundados de lágrimas.
Quinientos hombres y mujeres entregaron sus vidas en aquella jornada… Quinientos obreros, campesinos, soldados e intelectuales: las masas construyen la historia con su propia sangre. Fueron ellas las que ocultaron a sus dirigentes después de la salvaje represión del 17 (4 de julio), cuando los obreros de las fábricas salieron a manifestarse y el Primer Regimiento de ametralladoras se plegó a esta protesta. Fueron las masas las que transformaron aquella concentración en una acción política contra el gobierno provisional. Más de medio millón de personas participaron bajo la consigna “todo el poder a los soviets”, llamando a la insurrección. El Comité Central y la organización militar del POSDR decidieron intervenir, pero debido a que las condiciones no estaban maduras para tomar el poder, acordaron darle un carácter pacífico y organizado a las acciones del proletariado. Tiempo después, diría Lenin: “En 1905, nuestros soviets no fueron, por decirlo así, más que un embrión, pues existieron sólo unas semanas. Es evidente que en las condiciones de entonces no podía ni pensarse en su desarrollo completo. Otro tanto acontece en la revolución de 1917, pues el término de varios meses es extremadamente corto y, sobre todo, porque los dirigentes eseristas y mencheviques prostituían los soviets, los convertían en corrillos de parlanchines, en apéndices de la política conciliadora de los caudillos. Bajo la dirección de los Líber, Dan, Tseretelli y Chernov, los soviets se iban descomponiendo y pudriendo en vida. Los soviets sólo podrán desarrollarse verdaderamente, desplegar a fondo sus fuerzas potenciales y su capacidad al adueñarse de todo el poder del Estado, pues de otro modo no tienen nada que hacer y quedan reducidos a simples células embrionarias. La “dualidad de poder” es la parálisis de los soviets.”
El gobierno reprimió violentamente a los obreros con la complicidad de las direcciones mencheviques y eseristas de los soviets.
Los enfrentamientos se reprodujeron a lo largo de Petrogrado. Las organizaciones del Partido dirigieron la furia de los oprimidos de manera efectiva. Las masas levantaron barricadas, cortaban comunicaciones, realizaban acciones punitivas. Las calles se convirtieron en campos de batalla en donde se libraba la más encarnizada lucha de clases. El Partido decide replegar de manera organizada a los manifestantes que habían alcanzado el techo de su desarrollo. Era necesario evitar el derramamiento estéril de sangre. Luego vinieron los allanamientos a los locales partidarios, los arrestos masivos de dirigentes, las ejecuciones, los atentados.
Aquellas jornadas significaron el desprestigio absoluto e irreparable de los mencheviques frente a las masas y el agotamiento de la lucha pacífica. La insurrección armada estaba a la orden del día. Lenin pasó a la clandestinidad refugiándose en un barrio obrero en las afueras de Petrogrado. “De las masas se aprende” parece repetir desde el pasado... Vladimir observaba cuidadosamente las conductas de cada clase frente a la crisis revolucionaria. Percibía el lenguaje oculto y los intereses que esconde. Así solía referirse a dos anécdotas que ilustran la coyuntura: sus largas charlas con un ingeniero que tiempo atrás había militado en el partido bolchevique y que ahora estaba aterrado frente al avance del proletariado: “¡Si fuesen cultos por lo menos, como los obreros alemanes!” renegaba. “No es la revolución... es el abismo”, sentenciaba perplejo por la violencia y el aparente caos que reinaba por aquellos días. El ingeniero comprendía sólo de palabra todo el proceso, sentía una resistencia indescriptible frente al cambio radical de la situación. En absoluta contraposición, se encontraban los dichos a Lenin del obrero calificado que lo había refugiado en su casa. Al servir la comida, aquel hombre grande y bonachón exclamó: “¡Mira qué magnífico pan! Es que ahora ellos no se atreven a darnos pan malo”. La conclusión que Lenin extrae es un ejemplo de la humildad de un revolucionario. “Me sorprendió aquella apreciación de clase de las jornadas de julio. Mi pensamiento giraba en torno a la significación política de lo sucedido, valoraba el papel de los acontecimientos en la marcha general de las cosas, analizaba de qué situación había brotado aquel zigzag de la historia y qué nueva situación provocaría, cómo debíamos modificar nuestras consignas y nuestro aparato de partido para adaptarlo a las nuevas circunstancias. Yo, hombre que he conocido la miseria, no había pensado en el pan. Para mí, el pan era como algo que brotase por sí mismo, como una especie de producto accesorio del trabajo del escritor. A lo que es la base de todo, a la lucha de clases por el pan, el pensamiento llega, a través del análisis político, siguiendo un camino extraordinariamente complicado y tortuoso. Y he aquí que un representante de la clase oprimida, aunque fuese uno de los obreros bien pagados e instruidos, ponía el dedo en la llaga con esa sencillez y esa rectitud admirable, con esa firme decisión y esa asombrosa claridad de pensamientos de la que a nosotros, los intelectuales, nos separa una distancia tan grande como de la tierra al cielo”.
En las calles, con edificaciones convertidas en escombros, circulan vehículos, tranvías y carros cargados de obreros con fusiles en busca de algún enemigo oculto. Los últimos enfrentamientos se produjeron por la noche. Las iglesias están cerradas. La de la virgen de Iberia, que sirvió de bastión a las fuerzas burguesas, fue abandonada por el cura que huyó ante el avance incontenible del ejército proletario. El prelado ortodoxo de Moscú, Tijón, excomulgó a todos los soviets.
Las paredes que aún se alzan están empapeladas de afiches que proclaman: “…¡Ciudadanos de Rusia! El gobierno provisional ha sido derrocado. El poder ha pasado a manos del Comité Revolucionario, órgano del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, que se encuentra a la cabeza del proletariado. La causa por la que el pueblo se ha lanzado a la lucha: proposición inmediata de una paz democrática, abolición de la gran propiedad de la tierra control de la producción por los trabajadores y creación de un gobierno soviético, ha triunfado definitivamente, viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos”.
Un joven obrero llamado Baklanov, que se presenta como comandante del grupo de las Guardias Rojas que rastrillaban la zona, acercándose al periodista le pide su permiso para circular. El norteamericano le muestra un salvoconducto sellado por el Comité Militar Revolucionario a nombre de John Reed. El joven le indica al extranjero que tenga cuidado ya que todavía quedarían elementos de las bandas reaccionarias del Comité de Salvación Pública ocultándose en los edificios. Más adelante, se propagan las voces de la muchedumbre.
– ¿Qué es lo que pasa?- pregunta Reed al comandante, señalando la calle donde los sonidos anuncian la próxima presencia de la multitud.
– Son los funerales de los caídos por la libertad- contestó Blakanov con voz severa y sus ojos inundados de lágrimas.
Quinientos hombres y mujeres entregaron sus vidas en aquella jornada… Quinientos obreros, campesinos, soldados e intelectuales: las masas construyen la historia con su propia sangre. Fueron ellas las que ocultaron a sus dirigentes después de la salvaje represión del 17 (4 de julio), cuando los obreros de las fábricas salieron a manifestarse y el Primer Regimiento de ametralladoras se plegó a esta protesta. Fueron las masas las que transformaron aquella concentración en una acción política contra el gobierno provisional. Más de medio millón de personas participaron bajo la consigna “todo el poder a los soviets”, llamando a la insurrección. El Comité Central y la organización militar del POSDR decidieron intervenir, pero debido a que las condiciones no estaban maduras para tomar el poder, acordaron darle un carácter pacífico y organizado a las acciones del proletariado. Tiempo después, diría Lenin: “En 1905, nuestros soviets no fueron, por decirlo así, más que un embrión, pues existieron sólo unas semanas. Es evidente que en las condiciones de entonces no podía ni pensarse en su desarrollo completo. Otro tanto acontece en la revolución de 1917, pues el término de varios meses es extremadamente corto y, sobre todo, porque los dirigentes eseristas y mencheviques prostituían los soviets, los convertían en corrillos de parlanchines, en apéndices de la política conciliadora de los caudillos. Bajo la dirección de los Líber, Dan, Tseretelli y Chernov, los soviets se iban descomponiendo y pudriendo en vida. Los soviets sólo podrán desarrollarse verdaderamente, desplegar a fondo sus fuerzas potenciales y su capacidad al adueñarse de todo el poder del Estado, pues de otro modo no tienen nada que hacer y quedan reducidos a simples células embrionarias. La “dualidad de poder” es la parálisis de los soviets.”
El gobierno reprimió violentamente a los obreros con la complicidad de las direcciones mencheviques y eseristas de los soviets.
Los enfrentamientos se reprodujeron a lo largo de Petrogrado. Las organizaciones del Partido dirigieron la furia de los oprimidos de manera efectiva. Las masas levantaron barricadas, cortaban comunicaciones, realizaban acciones punitivas. Las calles se convirtieron en campos de batalla en donde se libraba la más encarnizada lucha de clases. El Partido decide replegar de manera organizada a los manifestantes que habían alcanzado el techo de su desarrollo. Era necesario evitar el derramamiento estéril de sangre. Luego vinieron los allanamientos a los locales partidarios, los arrestos masivos de dirigentes, las ejecuciones, los atentados.
Aquellas jornadas significaron el desprestigio absoluto e irreparable de los mencheviques frente a las masas y el agotamiento de la lucha pacífica. La insurrección armada estaba a la orden del día. Lenin pasó a la clandestinidad refugiándose en un barrio obrero en las afueras de Petrogrado. “De las masas se aprende” parece repetir desde el pasado... Vladimir observaba cuidadosamente las conductas de cada clase frente a la crisis revolucionaria. Percibía el lenguaje oculto y los intereses que esconde. Así solía referirse a dos anécdotas que ilustran la coyuntura: sus largas charlas con un ingeniero que tiempo atrás había militado en el partido bolchevique y que ahora estaba aterrado frente al avance del proletariado: “¡Si fuesen cultos por lo menos, como los obreros alemanes!” renegaba. “No es la revolución... es el abismo”, sentenciaba perplejo por la violencia y el aparente caos que reinaba por aquellos días. El ingeniero comprendía sólo de palabra todo el proceso, sentía una resistencia indescriptible frente al cambio radical de la situación. En absoluta contraposición, se encontraban los dichos a Lenin del obrero calificado que lo había refugiado en su casa. Al servir la comida, aquel hombre grande y bonachón exclamó: “¡Mira qué magnífico pan! Es que ahora ellos no se atreven a darnos pan malo”. La conclusión que Lenin extrae es un ejemplo de la humildad de un revolucionario. “Me sorprendió aquella apreciación de clase de las jornadas de julio. Mi pensamiento giraba en torno a la significación política de lo sucedido, valoraba el papel de los acontecimientos en la marcha general de las cosas, analizaba de qué situación había brotado aquel zigzag de la historia y qué nueva situación provocaría, cómo debíamos modificar nuestras consignas y nuestro aparato de partido para adaptarlo a las nuevas circunstancias. Yo, hombre que he conocido la miseria, no había pensado en el pan. Para mí, el pan era como algo que brotase por sí mismo, como una especie de producto accesorio del trabajo del escritor. A lo que es la base de todo, a la lucha de clases por el pan, el pensamiento llega, a través del análisis político, siguiendo un camino extraordinariamente complicado y tortuoso. Y he aquí que un representante de la clase oprimida, aunque fuese uno de los obreros bien pagados e instruidos, ponía el dedo en la llaga con esa sencillez y esa rectitud admirable, con esa firme decisión y esa asombrosa claridad de pensamientos de la que a nosotros, los intelectuales, nos separa una distancia tan grande como de la tierra al cielo”.
John Reed observa la muchedumbre que comienza a surgir desde las esquinas poblando la Plaza Roja. Bajo el portal de Iberia, bordeando los muros del Kremlin, desde todas partes aparecen hombres y mujeres, ancianos y niños, portando los retratos de sus familiares caídos. Vuelven, así, sorteando las lápidas del silencio y su abismo. Son liberados de las impúdicas mazmorras que enterraron sus cuerpos. Con sus figuras alumbran los recuerdos de la barricada. Los nombres de los fusilados son pronunciados en voz alta nuevamente. ¡Tantas veces en su sangre germinó la rebelión y tantas pagaron, con el destierro, el osado deseo de asaltar el poder y colectivizar el sueño!1905: no está tan lejos el tiempo en que la única manifestación de lucha del pueblo contra la autocracia eran las revueltas, es decir, los motines no concientes ni organizados, espontáneos y, a veces, feroces. Pero el movimiento obrero, como movimiento de la clase más avanzada del proletariado, ha salido pronto de esa fase inicial. La propaganda y la agitación conciente de la socialdemocracia han cumplido su misión. Los motines se han convertido en huelgas organizadas y en manifestaciones políticas contra la autocracia. Las feroces represiones han “educado” durante varios años al proletariado y a las masas urbanas: los han preparado para las formas superiores de la lucha revolucionaria.
Vuelven a las calles los caídos en Odesa, en el Cáucaso, en Lodz, en Libava. El proletariado levanta sus nombres como bandera. Las masas construyen en cada acción, cada mitin, con cada intervención, el futuro de la revolución, su propio devenir. “El día del soviet de Petrogrado se señaló con numerosos mitines, en los que reinó un entusiasmo inmenso”, comentaba el socialrevolucionario de izquierda Mstislavski. “Hablábamos con claridad a las masas de la próxima toma del poder y nuestras palabras eran acogidas con aprobación”, cuenta el bolchevique Pestkovski que desarrolló una intensa agitación en las fábricas de la isla Vasili. “A mi alrededor reinaba un estado de ánimo semejante al éxtasis”, describe Sujánov al mitin realizado en la Casa del Pueblo y continúa: “aquella multitud ingente alzó los brazos como un solo hombre. Vi los brazos en alto y los ojos ardientes de los hombres, de las mujeres, de los muchachos, de los obreros, de los soldados, de los campesinos y de figuras típicamente pequeño burguesas”. El bolchevique Popov comenta el juramento de las masas aquel día: “lanzarse al ataque al primer llamamiento del soviet”. La guarnición de Pedro y Pablo se pasa entera al lado de la revolución, su compromiso fue claro: no someterse a nadie más que al Comité Militar Revolucionario. Laschevich y Trotsky cumplieron con la tarea encomendada, el mitin del 23 de octubre nombró al teniente Blagonravov comisario del regimiento. El arsenal de Kronverk fue ocupado por sus obreros, quienes aportaron al Comité Militar Revolucionario 100.000 fusiles. El regimiento de Preobrajenski también se pronuncia por la insurrección…
El proletariado comienza a marchar, John Reed observa las banderas rojas del Comité Central a la cabeza. Cada fábrica tiene su nombre inscripto en grandes estandartes. Los obreros desfilan con sus herramientas y sus armas. En el medio de las columnas se forman huecos de aire que se completan con ataúdes envueltos por la roja insignia. Otros son cargados en hombros por la multitud. Un compañero bolchevique de piel curtida por los años y la explotación se acerca a Reed y señalando uno de los féretros comenta: “es la camarada Vera Slutskaia, era diputada bolchevique, fue asesinada por los cosacos durante una tregua”.
John no puede contener la admiración que le provoca ver a todo el pueblo en la calle. Saca del bolsillo y relee el folleto que compró en Nevski “¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?”, donde Lenin da respuesta al interrogante. Luego vendrán los días de arduo trabajo, las masas tomarán en sus propias manos el aparato estatal. La Duma municipal de Petrogrado será disuelta.
Con la revolución, también vendrá la paz: “El Consejo de Comisarios del Pueblo estima indispensable proponer un armisticio inmediato a todos los pueblos beligerantes, tanto aliados como enemigos.”. También la nacionalización de los bancos: “1- las operaciones de banca se declaran monopolio del Estado; 2- todas las sociedades anónimas y oficinas privadas de banca se fundirán en el Banco del Estado”; la aplicación efectiva del decreto sobre la tierra: “1- la gran propiedad sobre el suelo se declara inmediatamente abolida sin ninguna indemnización; 2- las fincas de los terratenientes, al igual que todas las tierras de la corona, los conventos, la iglesia con todos sus ganados y aperos, sus edificios y todas sus dependencias pasan a depender de los Comités Agrarios Comarcales y de los Soviets de Diputados Campesinos de distrito; 3- todo detrimento causado a los bienes confiscados, que de ahora en adelante pertenecen a todo el pueblo, se proclama como delito grave, que castigarán los tribunales revolucionarios”; la reorganización democrática del ejército: “1- el ejército, puesto al servicio de la voluntad del pueblo trabajador, se haya subordinado al organismo supremo representante de esta voluntad: el Consejo de Comisarios del Pueblo; 2- dentro de cada unidad o cuerpo de tropa, la autoridad plena corresponde a los Comités y Soviets respectivo de soldados; 3- las manifestaciones de la vida y actividad de las tropas colocadas bajo la gestión de los comités deben ponerse desde ahora bajo su dirección inmediata. Para las ramas de la actividad cuya responsabilidad no puedan asumir los comités...; 4- se instituye el régimen de elegibilidad de los cuadros de mando y administración. Los suboficiales y oficiales hasta el mando de regimiento inclusive, serán elegidos mediante sufragio universal, por sus escuadras, secciones, compañías, escuadrones, baterías y regimientos. Los oficiales superiores al mando de regimiento, hasta el comandante supremo inclusive, serán elegidos en los congresos o conferencias de los diferentes comités”. Los periódicos burgueses serán cerrados: “la prohibición de los periódicos burgueses no ha sido solamente un medio de combate en el curso de la insurrección y durante el aplastamiento de las tentativas contrarrevolucionarias; ha sido también una medida transitoria indispensable para el establecimiento del nuevo régimen de prensa, bajo el cual los capitalistas, poseedores de las imprentas y el papel, no pueden seguir siendo los fabricantes todopoderosos de la opinión pública. Debemos ahora proseguir la obra iniciada, procediendo a la confiscación de las imprentas privadas y los depósitos de papel y entregándolas al poder soviético, en la capital y en las provincias”.
John Reed se mezcla con la muchedumbre que canta los himnos de guerra del proletariado. La Internacional suena como fondo…
La revolución está en marcha.
Pablo Augusto Abaddón.
