viernes, 26 de marzo de 2010

OPINIÓN

8 de Marzo: Día Internacional de la Mujer

Nena, qué va a ser de ti lejos de casa...

La primera vez que escuché hablar de “invisibilización” (término acuñado por el movimiento feminista hace ya varias décadas), no entendí. Pensé que era un término rebuscado, que al hablar de la opresión de la mujer atendía más a lo simbólico que a lo material. No me demoré en pensar que lo de “invisibilización” había sido inventado por alguna académica pequeño burguesa yanqui, de ésas que no tienen o no quieren tener idea de lo que debemos soportar las mujeres de los países más pobres.

Mi no entendimiento, pienso ahora, no estaría por fuera de la resistencia que durante años tuve a hacer propias las demandas “feministas”. Era ese miedo a ser catalogada de neurótica, histérica, lesbiana, “mal atendida”, opinión más o menos confesa que muchas personas guardan al respecto de nuestra lucha. Yo misma me invisibilizaba y juzgaba a las mujeres del feminismo bajo los mismos parámetros patriarcales que hoy detesto, que siempre detesté, bah, aunque era doloroso saberlo, aceptarlo, y prefería mirar para el costado aunque estuviera desgarrada por dentro. Es que realmente cuesta alzar la voz y hablar de nuestra experiencia y la de nuestras pares de género. Es hacerse cargo de una herida que nos atraviesa desde el momento en que nacemos y para todo el mundo nos llamamos Fulanita Pérez, con ese Pérez que es el sello de propiedad del patriarca. Es hacerse cargo de que para esta sociedad no valemos nada, somos inferiores por el sólo hecho de nuestro sexo y que por más de que con los años nos esmeremos, nos masculinicemos en el camino, nos volvamos gritonas y “bravas” o “de carácter” (como si las que no gritan no tuvieran carácter, otro machismo del millón), cada vez que nos abrimos al mundo tenemos que empezar de nuevo. Vivimos con la sensación mil veces corroborada en la práctica de que siempre seremos el segundo sexo e inexorablemente pisoteadas ante el menor descuido.

La invisibilización tal vez no sea lo “peor” que tenemos que soportar las mujeres, si es que se puede hacer una jerarquía que vaya de lo mejor a lo peor o, mejor dicho, de lo menos peor a lo más peor: los maltratos llegan a dimensiones como el femicidio. Pero la profunda invisibilización de cada uno de los maltratos es el complemento perfecto para que la humillación social y la opresión más absoluta terminen de realizarse. Es decir: para la sociedad capitalista somos un objeto, esclavas. Nos violan, nos matan y subestiman constantemente pero, para el sentido común, NADA DE ESTO SUCEDE o sucede siempre como la particularidad, como el caso aislado, no como la violencia estatal y social sistematizadas.

Veamos…

Desde pequeñas nos crían con muñequitas, cocinitas y pinturitas. Nos enseñan a ser “señoritas” y a tener vergüenza, a esperar al príncipe azul y demás barbaridades. Sin escala, saltamos a la adolescencia y nuestros cuerpos pasan a estar en una vidriera para todo aquel verborrágico que quiera vociferarnos sus más descaradas ocurrencias sexuales, para los mirones sin escrúpulos, para el “cariñoso” del colectivo de las 2 de la tarde quien, disimuladamente y para que siempre exista el margen de la duda, no vacila en apoyarnos alegremente “sus partes”. En MUCHAS familias, no faltan tampoco padres, padrastros, tíos y hermanos que se “entretienen” con las niñas de la casa tocándolas, violándolas y embarazándolas. No faltan las madres cómplices, la familia toda cómplice, los vecinos cómplices… Hasta que se descubre al “Chacal” mendocino, pusilánime que violó a su hija desde los 13 años y tuvo siete hijos-nietos con ella. Allí la sociedad se escandaliza y siente que vive repentinamente en Sodoma. ¿Y antes…? La invisibilización.

Al momento de la noticia de este abusador, hablando con nuestra gente, azoradamente empecé a escuchar que todos conocían uno, dos, tres casos de embarazos de hijas por sus padres. Hasta yo conocía -nótense también las contradicciones de quien escribe-, pero en mis recuerdos del horror tenía archivados tales hechos como lo que pasó una vez a manos de un monstruo: algo exótico. Hasta que se destapa la olla, esos casos no existen socialmente. Y los mismos que nos escandalizamos hoy, somos los mismos que nos hemos escandalizado ya varias veces. “¿Cómo puede ser que lo que no existe exista una y otra vez?”, nos preguntamos. Un escándalo. Luego, el olvido.
Mientras se suceden los abusos en la familia, las miradas lascivas, los “piropos”, las manos alborotadas de los transeúntes, la novela de las 4, de las 5, de las 6 y de las 7, nos vamos configurando como objetos sexuales, no sin parámetros televisivos excluyentes: mujeres prácticamente hechas de plástico con las que sueñan todos los hombres. Detrás de esos cuerpos impuestos como perfectos y de esas sonrisas irradiantes de felicidad y candidez femenina, detrás de la publicidad y la pornografía, existen mujeres reducidas a la carne (tal como la tristísima figura y “orgullo nacional” de la Coca Sarli), reducidas al sexo, desprendidas de toda dignidad y sometidas a toda una vida forzada de trabajo sobre su propio cuerpo para que éste sea exactamente como “debe ser” para que cotice en el mercado. Como contracara de la belleza televendevisiva, estamos las mujeres que por fuerza de genética, trabajo, cansancio, labores domésticas, haber tenido y criado hijos, no tenemos posibilidades ni temporales ni económicas ni anímicas para alcanzar esos parámetros estéticos. Resulta que lo único prometedor del verso que nos vendieron en la infancia, el sueño de la princesa amada infinitamente por su belleza y su “dotes femeninos”, se desvanece; el príncipe azul (que efectivamente suele comportarse como un príncipe en la casa y que será azul sólo con el mameluco puesto o el uniforme de policía en el peor de los casos) se conformará con esa mujer desgastada por tanto trabajo y cuya panza crece al compás de los años, mientras sueña por las noches o entre cervezas con amigos en las cuasi adolescentes de los programas de la tele. Sólo conservarán vigencia la cocinita, los bebés y las pinturitas, éstas últimas ya solamente por costumbre. La humillación, el desprecio por nuestro cuerpo -o sea por nosotras: invisible. Una vez más.

Nos referíamos a la prostitución bien cotizada: publicidades, modelaje y esa pornografía glamorosa tipo canales codificados. Pero no hablábamos de las niñas que son obligadas a prostituirse, antes de que puedan terminar la escuela primaria, a veces por sus propios padres. Las mujeres que son secuestradas para la “trata” (se calcula que una mujer es “tratada” por día en la Argentina), las que, abusadas desde pequeñas, naturalizan una situación en la que las pusieron por la fuerza y “trabajan” con el sexo. El mundo de la prostitución constituye a luz del día un mundo oscuro, inframundano, vedado para la moral y la decencia. Las prostitutas son vagas, trabajan de eso porque les “gusta”, en lugar de buscar un trabajo más “digno”. ¿Quiénes dirán eso? ¿Padres, abuelos, hermanos, en la sobremesa del domingo, cuando más de una vez fueron ellos mismos, los moralistas, los que les pagaron a estas mujeres por sexo? Hipocresía: complicidad.

Y volviendo al bebé y la cocinita, el trabajo doméstico y la crianza de los hijos. No han dejado de ser patrimonio (¡Qué palabra! ¿”Matrimonio” debería ser en este caso…?) de las mujeres. Son poquísimas las excepciones en donde los varones han asumido compartir las tareas del hogar. En la mayoría de los casos seguimos siendo nosotras las que nos ocupamos de todo: la comida, la limpieza, la ropa, los hijos. Y encima de que tenemos que salir a trabajar afuera porque el sueldo del varón ya no alcanza como otrora, más de una vez tenemos que soportar los reproches de hijos, maridos y hasta suegros de que la casa no esté tan limpia como debiera, que se acumulen los platos sucios, que la comida sea fea, etc. El descaro está basado en la creencia de que se trata de “nuestro deber” escrito en el cielo. La esclavitud es un deber. Pero nadie se pone en el lugar de la esclava, nadie la ve. Será porque es invisible.

La maternidad es un don femenino, un instinto maravilloso: tenemos que ser madres. Si no, no habremos realizado nuestra razón de ser en este mundo. Cuando las mujeres no tienen hijos es porque: a) son lesbianas, lo cual es sinónimo de machona, casi una travesti pero al revés; b) son insensibles, frías, especuladoras que no tienen sentimientos; c) no han podido, pobrecitas, y con el tiempo se transformarán en unas locas solteronas víctimas de algún misterioso proceso hormonal que las hará ariscas, resentidas, obsesivas e intratables. He aquí los prejuicios, basados en que no se quiere pensar que, a veces, no queremos tener hijos o más hijos. Y esta decisión no está premeditada de antemano en la grandísima mayoría de los casos, hablada con el/la psicólogo/a, charlada con la pareja, comentada a la familia y demás ceremoniales. Nos quedamos embrazadas y no queremos parir. Así, llanamente. Ya tenemos varias crías y una más se hace insostenible. O nos violaron o fue un accidente con una pareja efímera o no nos sentimos preparadas o lo que sea. No queremos y debería bastar, porque es NUESTRO CUERPO el que está en juego pero, socialmente, legalmente, clínicamente, no podemos. Según la legalidad burguesa, un óvulo fecundado es una vida y si abortamos somos unas asesinas. Nuestra vida se invisibiliza una vez más, no importa si queremos o no, si tenemos las condiciones materiales o no para tener un hijo: lo que importa es “LA vida”. Por más de que el razonamiento sea absurdo y se nos dibuje una sonrisa de odio en el rostro, es muy triste que “LA vida” que importe sea la abstracta, aquella que la iglesia impone y ha impuesto por los siglos de los siglos. Una vida abstracta que no cumple otra función que la de invisibilizar la vida real. No sólo no les importa la vida de las mujeres que morimos en la Argentina por abortos clandestinos (el aborto es la principal causa de muerte “materna” en el país), ni siquiera les importa la vida de esos “niños por nacer” a los que se les rinde homenaje con día nacional y todo, que nacerán en las peores condiciones, que se criarán en familias destruidas, hambrientas, perversas, que se darán con pegamento a los diez años, que morirán a los 16 en un ajuste de cuentas entre banditas de barrio o por causa del gatillo fácil. Una vez que nacen los “niños por nacer”, ya nadie se preocupa por “LA vida”: ni la iglesia ni el estado ni los ejércitos de moralistas.

El ámbito familiar

La familia es lo más importante, dice la iglesia y repiten a coro todos los aparatos ideológicos de la burguesía. Los valores (“buenos”, claro está) se encuentran en la familia. Si la institución (aunque para ellos no es una institución, sino un ámbito natural) familiar se empieza a resquebrajar, la sociedad toda se viene a pique... En esto estamos de acuerdo, con la salvedad de que los marxistas no vemos allí el apocalipsis, sino parte del proceso por la liberación tanto de las mujeres como de los varones. La familia sustenta la sociedad burguesa. Es un estado en miniatura. La explotación económica y la opresión política que se da a gran escala tiene su correlato o, por qué no incluso su origen, en la familia. En la familia se aniquila a la mujer psicológicamente, se la adoctrina humillándola y subestimándola intelectualmente para que no trascienda mentalmente de los confines de la cocina y la vereda. La mujer y las hijas estamos mandadas a ser esclavas en la casa y los varones, unos más y otros menos, dependiendo sobre todo de la clase social a la que se pertenezca, usufructúan del trabajo doméstico que nosotras hacemos. Somos doblemente explotadas: en nuestros trabajos, de manera más intensiva y más opresiva que a los varones (se calcula que, en Argentina, la remuneración salarial desigual se da en un orden de entre el 20% y el 50% para las mujeres, según el rubro de que se trate y según si se trata de trabajo legal o ilegal, a lo cual hay que sumarle el constante acoso sexual de que somos víctimas en la esfera laboral) y en la casa, en donde nuestra labor, que reproduce cotidianamente la mano de obra que día a día explota el patrón, no es retribuida. Como propiedad del patriarca, incluso nuestra vida está a su disposición. Según el Área de Investigación de La Asociación Civil La Casa del Encuentro “femicidio” es: “una de las formas más extremas de violencia hacia las mujeres, es el asesinato cometido por un hombre hacia una mujer a quien considera de su propiedad”. Es en la familia en donde se cometen el 70% de los femicidios: un hombre comete un femicidio cada 36 horas en la Argentina; femicidios o “crímenes pasionales”, como gustan llamarles los súbitos Corin Tellado del periodismo policial, amparados en los sentimentales jueces penales, quienes solidariamente incluyen en las carátulas los sentires del pobre marido traicionado en sus aspiraciones de poder ilimitado sobre la mujer. Una lástima que no reparen nunca en el sentimiento de la niña abusada, de la esposa golpeada, de la mujer prostituida por la fuerza... A nosotras no nos mata la institución policial en las calles como a los pibes, nos mata la institución familiar. Caemos en manos de ese macho celoso y resentido que es nuestro marido, nuestra ex pareja o ese cliente despechado. Caemos desangradas por abortos mal realizados. Caemos muertas por el sida y otras enfermedades venéreas que contraemos en relaciones sexuales no deseadas.

La violencia hacia nosotras no comenzó ayer ni con la revolución industrial: es tan vieja como la historia, pero al capitalismo le es tan funcional y provechosa que se torna una POLÍTICA DE ESTADO que pretende seguir violentándonos para disciplinarnos, para que estemos siempre recluidas al ámbito reproductivo y de objeto sexual. La burguesía pretende seguir manteniendo a los hombres como socios del poder en nuestra opresión, y al pueblo y los trabajadores desunidos por todas partes: maltratándonos entre nosotros en todos los ámbitos, humillándonos, matándonos… Pero la cadena se corta siempre por el eslabón más “débil” (no por naturaleza, sino históricamente): la mujer. Y de toda esa violencia que genera el capitalismo sobre el proletariado, la principal descarga de nuestros pares de clase la hacen sobre nosotras, lamentablemente, en lugar de volver esa violencia contra el enemigo, la burguesía.

Somos invisibles porque de nuestra opresión no se habla y está naturalizada. Somos silenciadas y ninguneadas por el estado burgués y sus aparatos ideológicos. No existimos ni para la legalidad burguesa y patriarcal ni para la maldita policía que hace oídos sordos a nuestras denuncias. Pero lo más doloroso es que no existimos para la sociedad en su conjunto, que se rasga las vestiduras con Wanda Taddei, con el “Chacal” de Mendoza o con la niña de Chubut violada por su padrastro policía, pero que hace oídos sordos a las pequeñas y cotidianas manifestaciones del sometimiento patriarcal e, inclusive, a las más grandes que, por “desgracia”, tampoco trascienden en los medios. Como decíamos más arriba, nuestros casos de todos los días se definen en las cabezas de nuestro pueblo, incluidas las mujeres, nosotras mismas, como desgracias particulares. Por eso somos invisibilizadas. No se les da la sistematicidad que requieren, no se las enmarca en un todo, no se las define como un problema social, político, económico. Incluso en la mayoría absoluta de las agrupaciones y partidos contestatarios, nuestras demandas aparecen para los días de “fiesta” como el 8 de marzo –si es que aparecen y no tenemos que soportar oportunismos tales como: “8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Que las mujeres no tengamos que pagar la deuda externa” (¡Juro que esto lo leí!)-. El resto del tiempo no existimos como problema. En la calle, en la familia y aún en la política, nuestras vidas no son un problema. Que la presidenta sea mujer, parece ser la demostración de que el problema del machismo está aniquilado finalmente.

La cuestión del patriarcado es mucho más profunda y no se resuelve con consignas formales de vez en cuando. Dentro del marxismo “dogmático” (a pesar de Marx y compañía), el feminismo no entra y mucho menos entran las problemáticas actuales de la mujer, diferentes a las de la época de la Comuna de París. Pero el hecho de que no existan elaboraciones partidarias sólidas que ensamblen la liberación del proletariado y de la mujer en una misma lucha no obedece a un problema teórico irresoluble, sino material: los varones, como parte de esta sociedad, están involucrados en la opresión y se resisten a cambiar la relación de sometimiento para con nosotras. Las mujeres no se rebelan ante esto y reproducen en lo político su rol de subordinadas, y es así que mayormente funcionan como secretarias en las organizaciones a las que pertenecen o, en menor escala, como figuronas trepadoras que, para ocupar puestos de poder, compiten no sólo con compañeros, sino, fundamentalmente, con compañeras. Compiten a ver quién es “la” mujer de la agrupación, aquélla pasible de ser candidateada por los varones para hacer gala de progresismo. Nuestra solidaridad de género, que a veces existe oculta y conmovedoramente en la familia, en el trabajo, etc., es una de las cosas más importantes que tenemos pendientes como militantes en el ámbito público, en donde al asomar la cabeza, copiamos las peores formas masculinas.

Sabemos, se cae de maduro, que sin socialismo no habrá emancipación de la mujer. ¿Qué podemos esperar ya de la burguesía, de los funcionarios del estado burgués, de los jueces, de la corrupta policía…? Pero sin emancipación de la mujer no habrá sociedad justa y democrática, por más de que la sociedad en cuestión reciba el nombre de “socialista”. El patriarcado y el machismo no van a abolirse por decreto al día siguiente de la revolución. Lograremos la igualdad sólo si empezamos a forjarla desde ahora, sólo si rompemos el cerco y empezamos a participar en política, no sólo señalando nuestra opresión, sino participando conjuntamente con los compañeros varones en la elaboración colectiva de una estrategia de liberación que esté basada en la igualdad y el respeto humanos para acabar con la explotación y con todas las formas de opresión. Haremos la revolución proletaria, pero sólo podremos consolidar su poder si eliminamos la opresión patriarcal, forma basal, como ya lo dijimos, del estado de dominación y explotación.

Nuestro homenaje…

No sólo a las míticas obreras textiles norteamericanas de 1908, que fueron quemadas por la patronal tras una huelga por mejores condiciones de trabajo, y por las cuales, según versiones, se conmemora el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. No sólo a las que lucharon y combatieron, ejemplos vivos para hombres y mujeres. No sólo a nuestras compañeras caídas, que dejaron su vida en el camino por la revolución.

Nuestro homenaje a todos los varones que se esfuerzan por destruir ese macho opresor que el capitalismo les ha inculcado; a los que de manera conciente, comienzan a ver pares en nosotras; a los que nos respetan y tratan de ponerse en nuestro lugar. A nuestros verdaderos compañeros, esos hombres.

Nuestro homenaje a todas las obreras, a todas las trabajadoras que, junto con los hombres de su clase, mantienen este mundo en funcionamiento y permiten que la humanidad siga existiendo a pesar de la virulencia capitalista. Nuestro homenaje a las mujeres que durante siglos se han ocupado de sus familias, que con su esfuerzo y su arduo trabajo doméstico han reproducido la vida de generaciones. Nuestro homenaje a todas las madres que han acompañado y se han sacrificado por sus hijos hasta el final. A todas las olvidadas, que somos todas las trabajadoras; a la silenciada, invisible y a veces solitaria vida de las proletarias.